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Tolerancia lingüística: tarea pendiente para los migrantes venezolanos

Cuando yo era niña, mi mamá me pedía con frecuencia que fuera al supermercado. La primera vez que fui, me paré muy segura frente al dependiente, y le pedí un kilo de malanga y boniato. Él se quedó mirándome sin entender. Me pidió que le repitiera lo que quería, y le volví a decir “malanga y boniato, por favor”. Como no lograba comprender, me pidió que le señalara lo que estaba buscando. Miré las verduras y le señalé lo que quería. “Ahhh, quieres ocumo y batata”. Luego de preguntarme quiénes eran mis papás (porque vivíamos en el mismo barrio), entendió el motivo de la confusión idiomática. Mirando hacia atrás, veo que ese chico fue un buen ejemplo de tolerancia lingüística. De eso quiero conversar hoy.

Ese día comprendí por qué en casa mis padres llamaban a algo de una manera y la vecina de otro. Soy hija de inmigrantes cubanos. En casa se usaba un balde, en otras casas se usaba un tobo; yo colgaba mi ropa en percheros, y mis amigas lo hacían en ganchos; mi mamá preparaba fricasé de pollo, pero la vecina le llamaba carne guisada con papas. Ninguna estaba equivocada. Esa es la riqueza de nuestra lengua: es amplia, es rica, es hermosa.

Por lo que ha sido mi vida como hija de migrantes en cuanto al idioma (que siendo el mismo es a la vez diferente), creo que es necesario desarrollar y promover la tolerancia lingüística. Por ello, no puedo sino asombrarme ante los cientos de mensajes que veo en redes sociales de mis compatriotas venezolanos —a quienes las circunstancias terribles de nuestro país han obligado a migrar y buscar oportunidades en otras tierras— que se muestran intolerantes e inflexibles, paradójicamente, ante la gran flexibilidad y variedad de nuestra lengua española. Frases como “esto se llama así y punto”, “están equivocados, eso no se dice así”, entre muchas otras, me llenan de inquietud, porque no es así,  quizá en tu país o en tu región las cosas se llaman de determinada manera, pero no en todos lados es igual. La única verdad en este caso —de la que no podemos escapar— es que las cosas tienen diferentes nombres de acuerdo con el lugar donde estés, te guste o no.

Desarrollar la tolerancia lingüística

No hay nada más democrático que el idioma, y por eso no me explico que a veces —amparándonos en las diferencias en el habla de nuestras tierras hispanoamericanas— hagamos alarde de una intolerancia que no tiene justificación. El lenguaje es la herramienta que todos adquirimos desde niños para comprender nuestra realidad, relacionarnos con los demás y manejar la información. Pretender que otros hablen igual que nosotros; negar que sus modismos, localismos o regionalismos tienen la misma validez que los nuestros; burlarnos del habla de un país o región porque difiere de la nuestra niega la esencia misma del lenguaje y deja mucho que desear de quien así se comporta.

La intolerancia lingüística puede llevarnos a otros tipos de intolerancia mucho más graves. Quienes migramos y nos establecimos en nuevas tierras tenemos la obligación y el compromiso de respetar la cultura de esas tierras, y esto pasa indefectiblemente por respetar su lengua. El empeño sistemático en querer utilizar nuestros propios modismos por creer erróneamente que esta es la forma de poner en alto nuestra nacionalidad no es más que un elemento perturbador que crea barreras y malentendidos. Querer imponer nuestras costumbres en un país ajeno es una invasión, una falta de respeto.

Nútrete de todas las variantes del idioma que encuentres. Intégralas a tu propio lenguaje. Desarrollar la tolerancia lingüística no significará de ninguna manera que pierdas tu lengua ni que disminuya tu sentimiento hacia tu nacionalidad. Usa tus modismos sin imponerlos. Corrige si no eres entendido. Sé tolerante. Sé inteligente. Siéntete orgulloso de enriquecer tu forma de hablar. Este se convierte en el primer paso para integrarnos y convivir en armonía con quienes nos reciben en su casa grande.


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